Soy como esos pájaros multicolores que ven filtrarse por entre los barrotes de sus jaulas los rayos de la libertad ultrajada; soy aprisionada por un cuerpo que me sienta en el rincón haciéndome esperar a que la vida pase por los lados, pues aún soy una niña, dice. Y no puedo evitar apiadarme de los pájaros y autocompadecerme tanto como me lo permiten mis sensores de víctimas de miseria humana. Es como ir por la vida buscando con desesperación seres a quien compadecer, y ya no importa si no tienen espíritu: las cosas ganan vida con solo limpiarlas y amarles un poco, y fácilmente se vuelven focos endebles a mi condición de amadora compulsiva.
Acumulo objetos absurdos porque sé que no se escurrirán de entre los dedos como arena; porque son más fáciles que las personas; no se oponen a su naturaleza. Debo dejar el hábito de valorar cosas sin sentido, si quiero algún día desprenderme de esta tierra con la destreza de un ave.
Se desborda mi compasión continuamente, ante tanto aglutinamiento de maldad, que me nutre y se esparce como una plaga de ignorancia, mezclándose con estas aguas derramadas por accidente. Desearía tener aún aliento, y gritar por auxilio a los aires para acabar con mi suplicio de compasión, para hallar otra opción a este alimento amargo que engullo desesperada, hecho a base de amores huecos y el trabajo sutil de los verdugos.

Hubo dos personas representantes del género ignominioso-defectivo-humano que caminaban hacia la horca por ser considerados los payasos de su pueblo.
ResponderEliminarTodo ocurrió cuando quisieron demostrar que el ser humano es libre, que si insiste en ver el cielo terminará por recibir alas de manos de la evolución, que no hay cosa más difícil que demostrarle a un pez que es libre de ir a donde le plazca.